“El encañonado renquea, el siguiente jugador también renquea, el cortador hace una jugada de aprovechamiento, todos abandonan hasta el encañonado que ve la apuesta, el otro jugador abandona. En el flop, el encañonado apuesta de cara, el cortador ve en frío ya que tiene una pareja media más la posibilidad de ligar color por la puerta trasera. En el giro, aparece un harapo sobre el tapete, ambos jugadores pasan. Finalmente en el río, el encañonado apuesta contando con su pareja máxima y su mejor carta de desempate….”
Dificulto que un jugador de poker de habla hispana entienda ese fragmento completamente a las primeras, sin intentar descifrarlo. Es un lenguaje hermético, o mejor dicho, un lenguaje corrupto. Ése es el léxico que me he tropezado últimamente en algunos libros que me he puesto a revisar. Un lenguaje utilizado en esas páginas completamente divorciado con el que se escucha en torno a una mesa de poker. Un cisma entre el traductor y sus lectores.
Se agradece el gesto que tuvo Matthew Hilger en encomendar al traductor en utilizar el menor uso de palabras inglesas (‘Cómo ganar torneos de póker de mano en mano’), pero tiene que entender que el idioma tiene su propio ritmo, ejecuta un ‘parto lento’ donde poco a poco, y después de traspasar el tamiz del tiempo, se van alumbrando nuevas palabras.
Para argumentar esto, me remito a dos extractos de sendos artículos de mi paisano Alexis Márquez Rodríguez, individuo de número de la lengua española capítulo Venezuela:
"No podemos estar de manera radical contra el uso de extranjerismos. Hay casos en que es necesario o conveniente recurrir al vocablo extranjero, porque no disponemos en nuestro idioma de uno adecuado a lo que se quiere decir. Esto se ve claramente en sectores como el deporte, la ciencia y la tecnología, en los que es inevitable, y a veces necesario, el uso de expresiones que nos vienen de afuera, generalmente como acompañantes de usos, inventos o descubrimientos que importamos porque no se dan en nuestro país. Últimamente lo hallamos con abundante frecuencia en el mundo de las comunicaciones y en la computación, en las cuales no siempre es posible traducir términos técnicos, e incluso a veces, aunque se pueda, no es conveniente." (Errores 2, marzo 2011).
Por lo que tratar de imponer a la fuerza términos españolizados, sin haber sido acariciados por los hispanohablantes, caeríamos en lo que dice en el siguiente fragmento:
"Esta expresión es lo que los lingüistas llaman un «calco lingüístico»; es decir, una palabra o frase que no es sino traducción literal de otra extranjera, que a menudo carece de sentido en nuestro idioma, y a veces incluso en el de origen. Es el caso del «perro caliente», traducción del “hot-dog” inglés, que en Castellano carece totalmente de significado." (Lenguaje universal, marzo 1997)
Dejemos que la lengua siga su curso natural, como herramienta integrante e 'identificadora' de la cultura de un pueblo o grupo, ella misma es quien aprueba o rechaza alguna palabra o término mediante su uso cotidiano, sin intromisiones de terceros. Saludos…




